El 6 de diciembre de 2025, la dirigencia de Deportes Iquique firmó una declaración de intenciones que pretendía transformar el dolor del descenso en la piedra angular de una «reconstrucción firme, seria y responsable». El texto prometía un proyecto deportivo parido desde los cimientos, donde la autocrítica guiaría las decisiones y la cantera asumiría el protagonismo necesario para devolverle la identidad al club.
Sin embargo, con la primera rueda del torneo de Primera B 2026 oficialmente concluida, las nobles palabras del papel contrastan severamente con la dura y fría realidad de la tabla de posiciones. Aquella «reconstrucción» prometida parece haberse estancado en los planos iniciales.
La campaña al término de las primeras 15 fechas es alarmante. Los «Dragones» cierran esta mitad del campeonato en la decimocuarta posición, sumando apenas 13 puntos de 45 posibles. Una cosecha famélica de solo dos victorias, acompañadas por siete empates y seis derrotas. Si bien la catástrofe histórica de Rangers de Talca en el fondo ofrece un distractor estadístico, la realidad es que Iquique finalizó la rueda apenas un punto por encima de Deportes Santa Cruz, coqueteando peligrosamente con el abismo.
La reciente e increíble derrota por 4-3 ante Magallanes desnudó por completo las falencias de un balance defensivo que hace agua. Ni siquiera el reciente debut en casa del nuevo director técnico, Hernán Peña, logró sacudir el letargo: el amargo empate 1-1 frente a Deportes Recoleta en el Tierra de Campeones no hizo más que ratificar que el equipo sufre una profunda crisis de ideas y una preocupante incapacidad para sostener o cerrar partidos clave ante su gente.
El comunicado de fines de 2025 hablaba de «devolverle identidad al proyecto deportivo» y de configurar un equipo «trabajador, valiente, persistente». Si bien el plantel ha mostrado muestras de pundonor en encuentros específicos, la irregularidad denota una alarmante falta de solidez estructural. Las promesas de potenciar el desarrollo juvenil y las fuerzas básicas chocan de frente con la urgencia del resultado inmediato, una presión que suele devorarse los proyectos a largo plazo cuando la tabla de posiciones quema y las soluciones no aparecen.
La hinchada iquiqueña, elogiada en aquel escrito por estar «en las buenas, en las malas y en los momentos más complejos», ha cumplido con creces su parte del trato sosteniendo el aliento en las tribunas. Quienes siguen quedando en deuda son las decisiones de planificación que debían estructurar un camino de retorno «sólido y estable». El cambio de timón técnico es el reconocimiento explícito del fracaso del diseño inicial de la temporada.
Iquique no necesita más diagnósticos, excusas de transición, ni prosa institucional emotiva; requiere que los compromisos adquiridos hace seis meses dejen de ser un discurso de consuelo y se traduzcan en respuestas futbolísticas urgentes de cara a la segunda rueda. Queda la mitad del torneo por delante, pero con la llegada de la ventana de fichajes y el nuevo cuerpo técnico, el margen de error institucional se ha reducido a cero. Es hora de actuar si verdaderamente se quiere evitar que el punto de inflexión prometido termine siendo el inicio de una crisis aún mayor.
FOTOS: Fabián Cejas / Primera B Chile


