Este viernes se juega el cuarto “Clásico del Norte” del año y, una vez más, la noticia fuera de la cancha opaca la fiesta dentro de ella: no habrá venta de entradas para los hinchas de Deportes Iquique en Arica. La solución fácil, la medida de escritorio, el «apagón» al visitante que se ha vuelto una costumbre tan cómoda como triste en nuestro balompié.
Lamentablemente, estamos viendo cómo se diluye esa efervescencia única que caracterizó a este duelo durante décadas. Imposible no mirar atrás y recordar aquellas caravanas multitudinarias cruzando el desierto, cuando la hinchada iquiqueña repletaba las tribunas del Carlos Dittborn sin pedir permiso ni pedir perdón. Eran tiempos donde la rivalidad se respiraba en el aire, pero se jugaba en la cancha y se gritaba en el tablón. Tiempos donde un puñado de valientes no dudó en meterse a la «Cancha 3» en más de una oportunidad para hacer sentir la presencia del Dragón.
Con el paso de los años, el espacio para el visitante fue mermando. Se pasó de ceder galerías completas a rincones cada vez más reducidos, casi microscópicos. Pero da igual: la gente de Iquique llegaba siempre. En bus, en auto, como fuera, demostrando que la pasión no entiende de aforos recortados. Hoy, ni siquiera eso nos queda.
Es cierto: en los partidos jugados en el Tierra de Campeones tampoco se autorizó presencia de la hinchada ariqueña. Sin embargo, ampararse en el «ojo por ojo» o en la incapacidad de organizar un operativo de seguridad no es, ni de cerca, el camino a seguir. Apagar las dos tribunas visitantes solo confirma que la dirigencia y las autoridades tiraron la esponja. Al tomar este atajo, lo único que consiguen es matar el ambiente y arrebatarle al clásico ese «poquito» de emoción y folklore que lo hacía diferente a cualquier otro partido del país.
En fin… habrá que resignarse. Aunque, seamos honestos: no tener a la hinchada de Iquique en frente haciéndose sentir en su propia casa seguro les quita de encima una gran presión. Que disfruten del silencio.






